domingo, 13 de agosto de 2017

Larga vida al desorden.


El orden no es sinónimo de limpieza, con frecuencia no resulta eficiente y puede ser un obstáculo para la creatividad.

"Si un escritorio abarrotado es síntoma de una mente abarrotada, ¿de qué es síntoma, entonces, un escritorio vacío?”. Esta cita ha sido recurrentemente atribuida al premio Nobel de Física Albert Einstein y, aunque resulta embarazoso decir esto, estimado padre de la física cuántica, lo que a menudo se esconde debajo de una mesa atiborrada son kilos de culpa, y lo que emana de un escritorio limpio y despejado es un aire de superioridad moral.Ser ordenado es lo correcto, lo socialmente aceptado. El orden es una omnipresente obsesión contemporánea que ha llenado las tiendas de secciones de organizadores para cocinas, dormitorios, espacios de trabajo; y los teléfonos y ordenadores de aplicaciones que facilitan la tarea de sistematizar el caos que inunda nuestros días. Pero ¿el orden de verdad nos hace mejores?

Un grupo de psicólogos de la Universidad de Minnesota, dirigidos por Kathleen Vohs, realizaron en 2013 varios experimentos y descubrieron que en un ambiente ordenado los participantes en la prueba donaban más dinero a causas humanitarias, y optaban por comer manzanas en lugar de dulces. El orden, efectivamente, favorecía las buenas acciones. Aquellos que se encontraban en un cuarto desordenado, con papeles por el suelo y material de oficina desperdigado, se lanzaban a por las barras de chocolate y se mostraban más roñosos.


El desorden favorece la creatividad. No hace falta ser un científico ni un artista para que el caos te inspire

Y sin embargo, el tan denostado desorden que nos reconcome favorece la creatividad. Un ejemplo obvio serían los caóticos estudios del escultor Calder o el pintor Francis Bacon, dos casos particularmente llamativos. Pero no hace falta ser un eminente científico ni un artista para que el desorden te inspire. Así lo probaron Vohs y sus investigadores en un segundo experimento. Esta vez los participantes debían proponer nuevos usos para pelotas de pimpón. “Quienes estaban en un cuarto desordenado encontraron más soluciones y notablemente más originales”, señala en una entrevista Vohs. “El desorden implica una libertad respecto a un patrón establecido y esto va de la mano con la creatividad”.

Su equipo nunca llegó a investigar en qué punto el barullo es tal que colapsa la dinámica creativa, ni en qué momento el monumental lío impide cualquier avance, pero las patologías asociadas al orden (el trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad, y sus contrarios, el síndrome de Diógenes y síndrome de acumulación compulsiva) escapan a las conductas comunes.

Dijo el poeta Wallace Stevens que “un orden violento es desorden; y un gran desorden es orden”. Si organizar es una pulsión irrefrenable, el caos es una tendencia inevitable. En física, el desorden inherente a un sistema se llama entropía. Es el segundo principio de la termodinámica. Abocados al aparente caos, ¿nuestra atracción por el orden es una mera cuestión estética?

La belleza formal de una mesa atiborrada no es fácilmente defendible. Pero lo que sí ha quedado probado es que ese escenario favorece la consecución de objetivos. Según un estudio de los investigadores holandeses Bob M. Fennis y Jacob H. Wiebenga en 2015, el desorden vuelve acuciante la necesidad de completar una tarea, de concluir y alcanzar así algún tipo de orden. Es muy probable que un escritorio desordenado aumente la presión para terminar el trabajo, aunque uno no sea consciente de ello. A la fuerza ahorcan.


Quienes acumulan pilas de papel permiten que el orden ocurra de manera orgánica y encuentran lo importante antes que quienes los archivan

Están obreros y capataces, jefes y curritos, chapuzas y concienzudos, Bartlebys, como el protagonista del cuento de Melville, que siempre miran para otro lado, y esforzados empleados del mes. Y a la larga lista de distintas clasificaciones de trabajadores se sumó a mediados de los años ochenta, gracias al profesor del MIT Thomas Malone, una diferenciación fundamental entre oficinistas: los apiladores (pilers) frente a los archivadores (filers). Un vistazo rápido a los escritorios de casi cualquier centro de trabajo permite categorizar a los empleados en uno de estos dos grupos.

Los métodos de los archivadores pueden variar, aumentando la visibilidad del material mediante colores en las carpetas, organizándolas atendiendo a criterios temporales. El economista japonés Yukio Noguchi, creador del “método superorganizado”, propuso usar sobres, anotar en la lengüeta su contenido y colocar los últimos que han sido usados siempre verticalmente en el lado izquierdo). La idea central es que todo quede ordenado y, sobre todo, que el usuario ordene.

Los apiladores, por el contrario, acumulan pilas en sus mesas y dejan que el orden ocurra de manera orgánica. Los papeles más relevantes y necesarios inevitablemente acabarán en la parte más alta del montón. Así quedó probado en la investigación de Steve Whittaker y Julia Hirshberg de 2001, que trató de determinar qué sistema funcionaba mejor. Los apiladores, más rápidos en las mudanzas y a la hora de localizar los documentos importantes (estaban casi siempre en lo más alto de la montaña de papeles), se impusieron a los archivadores, sepultados estos bajo el peso de excesivos e inútiles archivos. El desorden, como la belleza, está muchas veces en el ojo de quien lo contempla. Quienes defienden que su caos tiene estructura, no mienten.

“Un escritorio desordenado no es en absoluto tan caótico como parece a primera vista. Hay una tendencia natural hacia un sistema de organización”, escribe el periodista del Financial Times Tim Harford en El poder del desorden (Conecta). “Los despachos desordenados están llenos de pistas sobre los recientes patrones de trabajo, y estas pistas nos pueden ayudar a trabajar con eficiencia. Por supuesto, es intolerable trabajar en medio del desorden de otro, ya que estas pistas sutiles nos resultan irrelevantes. Son señales de tráfico del viaje de otra persona”.


Archivarlo todo no es una buena solución, porque la categorización puede ser demasiado intrincada, o simplemente porque impide la limpieza

A principios de la década de los noventa el brillante publicitario Jay Chiat decidió atacar la raíz del problema. Ni apiladores, ni archivadores: las nuevas oficinas de su legendaria agencia Chiat/Day no tendrían muros de partición, ni cubículos, ni escritorios, tampoco ordenadores de mesa, ni teléfonos fijos. Cualquier objeto personal tendría que ser guardado en un casillero. A los empleados se les entregaría un teléfono y un portátil al llegar, y todo esto favorecería la creación de un “espacio de trabajo en equipo”. El plan fracasó: la gente llegaba a la oficina y como no sabía dónde ponerse se marchaba; en caso de quedarse, no encontraba un lugar donde sentarse; los casilleros resultaron ser demasiado pequeños, y más de uno acabó por almacenar los papeles en el maletero de su coche. El número de portátiles y teléfonos no era suficiente, así que muchos madrugaban para hacerse con ellos y luego regresaban a sus casas para dormir un par de horas más; en otras ocasiones, secuestraban las herramientas un par de días. Los empleados se dispersaban. Los jefes no lograban dar con ellos. En 1998 el experimento quedó clausurado, pero los ecos de aquel plan de “oficina virtual” aún se oyen por todo el mundo.

De vuelta al escritorio, lo cierto es que el éxito de los apiladores ha traspasado el papel y trascendido al ámbito informático. El diseño de las memorias de los ordenadores sigue su misma pauta, a través de los cachés que priorizan determinados datos frente a otros. La fórmula más efectiva resulta ser el viejo algoritmo LRU (Least Recently Used, lo menos usado recientemente). Cuando un caché está lleno se vacía mandando a otro más remoto la información que no ha sido usada recientemente: es decir, cae paulatinamente a la base de la pila.

También está probado que guardar los correos electrónicos recibidos en infinidad de carpetas lleva mucho más tiempo que el uso de un motor de búsqueda. Archivarlo todo no acaba de ser una buena solución, en parte porque la categorización puede ser demasiado intrincada, o simplemente porque impide la limpieza.

Atención: el orden no es siempre sinónimo de limpieza, a veces es una primorosa clasificación de basura. Y aquí es donde hay que dar una bienvenida triunfal a la japonesa Marie Kondo, máxima gurú de la organización, autora del superventas mundial La magia del orden, y a su ejército internacional de konversas. Según declaraba la menuda reina del orden, su sueño es “organizar el mundo”. Y esto pasa por desprenderse de todo aquello que no nos transmite alegría o gozo. Han leído bien, además de evangelizar sobre la óptima manera de doblar y almacenar, Kondo propone emprender una limpieza profunda sosteniendo cada objeto o prenda y reflexionando sobre qué nos transmite. Si no es alegría habrá que despedirse con honores de ello.

El psicólogo suizo Jean Piaget en su despacho en 1979. FOUNDATION JEAN PIAGET


Así que lo contrario de la alegría no es la tristeza, sino el caos acumulativo que nos lastra. La periodista de The New York Times Taffy Brodesser-Akner explicaba en un artículo reciente que una devota konversa, cuando terminó de dar un repaso a la japonesa a su casa y sintiendo que aún no estaba alegre del todo, sostuvo en sus brazos a su novio, y como no pasó el kondotest de la alegría, se deshizo de él.

A pesar de su éxito, Kondo forma parte de una robusta tradición. En Japón existen al menos 30 asociaciones profesionales de organizadores. En EE UU solo hay una, pero con más de 3.500 asociados. Y aunque sea con retraso, el orden profesionalizado cunde también en nuestras latitudes: la Asociación de Organizadores Profesionales de España (AOPE), fundada este año, cuenta con 50 miembros.

Hay algo vergonzante en un maletero atestado de periódicos viejos, pares de zapatos en desuso, botellas de plástico pendientes de ser recicladas, balones desinflados o paraguas. Si la ecléctica mezcla avanza hacia el interior del automóvil, las incómodas miradas de los pasajeros empeoran considerablemente las cosas. Lo mismo ocurre al abrir una cartera atestada de facturas y papeles para tratar de encontrar la tarjeta de crédito: por esa cremallera-grieta asoma un caos que se topa con el estupor del prójimo y miradas condescendientes. Aunque cierto caos favorece felices coincidencias azarosas —ahí están la dejadez de Alexander Fleming, el moho y el descubrimiento de la penicilina—, el desorden resulta embarazoso.

Está mal visto, juzgado con frecuencia como una tara, genera mess stress (estrés del lío)… Sin embargo, ¿es el orden realmente eficiente? ¿La superioridad de los ordenados proviene de una eficacia probada? El catedrático de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia Eric Abrahamson, y el periodista David H. Freedman analizaron la cuestión en Elogio del desorden (Ediciones Gestión). Aplicaron parámetros económicos, y demostraron que el orden, con escandalosa frecuencia, no trae cuenta. “La organización y el orden tienen un coste”, apuntan. “Es una regla económica; puede que el tiempo o los recursos que uno invierta en ordenar no compensen. Organizar no siempre es rentable. O por ponerlo de otra manera, a menudo la tolerancia con un cierto nivel de lío y desorden supone un ahorro notable. Aunque el desorden beneficioso no es siempre la regla, tampoco es una rara excepción”. Defienden que, en contra del sentido común, organizaciones, personas e instituciones “moderadamente desorganizadas” resultan ser “más eficientes, resistentes y creativas”.

En la encuesta que realizaron mientras escribían el libro, Abrahamson y Freedman descubrieron que dos tercios de los 260 entrevistados se sentían culpables o avergonzados por su desorden, y un 59% reconocía pensar peor, o directamente lo peor, de alguien desordenado. “El orden para la mayoría de nosotros es un fin en sí mismo. Cuando la gente está ansiosa por la desorganización de su casa u oficina, con frecuencia no es porque les cause problemas, sino porque asumen que deberían ser más organizados”.

El psicólogo suizo Jean Piaget supo categorizar los periodos de desarrollo cognitivo en los seres humanos, pero fue claramente incapaz de ordenar su despacho en el que parece que estaba acorralado por montañas de libros y papeles. Preguntado al respecto aclaró: “Bergson señaló que no existe tal cosa como el desorden, sino dos tipos de orden, geométrico y vital. El mío es claramente vital”. Desordenados del mundo, pongan orden ante tanta crítica y no se dejen intimidar.


ORDEN PÚBLICO


A. A.

La “teoría de las ventanas rotas”, desarrollada por el psicólogo de la Universidad de Stanford Philip Zimbardo y popularizada en los ochenta por los sociólogos James Q. Wilson and George L. Kelling, fue aplicada en Nueva York y otras ciudades estadounidenses para combatir el crimen. El nudo central de esta teoría es que un vecindario con ventanas rotas resulta más propicio para cometer delitos: la degradación del ambiente transmite la idea de que se pueden transgredir las normas y alienta el vandalismo, el “desorden” público. Más allá del aumento de policías en las calles, si se arreglan las ventanas rápidamente (o las casas quemadas) el mensaje es que allí rige la ley y el orden. Aunque la tesis de las ventanas ha sido rebatida desde distintos frentes —que apuntan a la recuperación económica de Nueva York en los noventa como la verdadera causa del descenso de la criminalidad, y señalan la relación entre causalidad y correlación como un importante fallo en el razonamiento teórico—, sigue siendo un hito en el ámbito de las políticas de orden público.

Fuente: elpais.com

lunes, 24 de julio de 2017

El cerebro humano necesita metáforas para entender la realidad.


EUROPA PRESS.

Un estudio de la Universidad de Alicante (UA) y el Instituto de Bioingeniería de la Universidad Miguel Hernández (UMH) de Elche ha demostrado que el cerebro humano necesita de las metáforas para "entender la realidad". 

Los resultados del estudio, en el que han participado 22 voluntarios, se acaban de publicar en la revista norteamericana Brain and Cognition y ha permitido abordar por primera vez cómo analiza el cerebro las metáforas visuales. 

Los responsables del trabajo apuntan que, en un futuro, la aplicación práctica del estudio podría centrarse en personas con síndrome Asperger o alzhéimer, porque en ambos casos se da la circunstancia de que o no son capaces de entenderlas o dejan de entenderlas. 

Según ha explicado la directora del proyecto, María Jesús Ortiz, del Departamento de Comunicación y Psicología Social de la UA, se activan "las mismas partes del cerebro" ante una metáfora escrita que ante una visual como las que ofrece la publicidad. Ha señalado que hay "coincidencias" en las partes que se activan cuando "se oyen o se ven" metáforas y "eso apunta" a que la realidad "no es objetiva y pura", sino que existe "un origen cognitivo" porque el cerebro requiere de las metáforas para "entender la realidad". 

La realidad no es objetiva y pura, sino que existe un origen cognitivo Al respecto, desde el Instituto de Bioingeniera, Eduardo Fernández, ha indicado que el papel del centro ha sido aplicar tecnologías pensadas para otros proyectos a la investigación de Ortiz. Así, se han resuelto "ese tipo de preguntas" a nivel de "procesamiento cerebral". 

"El cerebro se encarga de procesar información y parece lógico presuponer que el mismo tipo de información, más simple o más compleja, la va a procesar de manera similar", ha agregado. "La importancia de las metáforas visuales es que vivimos en un mundo visual y las metáforas están al orden del día", ha manifestado Ortiz que ha dicho que "las más evidentes son las publicitarias". 

Así, ha detallado que la aplicación práctica del estudio en un futuro podría centrarse en personas con síndrome Asperger o alzhéimer, porque en ambos casos se da la circunstancia de que o no son capaces de entenderlas o dejan de entenderlas.


Fuente: 20minutos.es

miércoles, 19 de julio de 2017

No busques la felicidad en el mismo sitio donde la perdiste.


“Una tarde la gente vio a una anciana buscando algo frente a su choza. Algunas personas se acercaron para intentar ayudarla.

– ¿Qué has perdido? 

– Mi aguja – les respondió.

Todos se pusieron a buscarla pero pasado un rato, alguien le preguntó:

– La calle es muy larga y la aguja muy pequeña, ¿puedes indicarnos el sitio donde cayó?

– Dentro de mi casa – respondió la anciana.

Las personas la miraron asombrados. Algunos incluso se molestaron.

– ¿Acaso te has vuelto loca? ¿Por qué buscas la aguja en la calle si está dentro de tu casa?

La anciana les respondió:

– Porque dentro de la casa no hay luz.

– Entonces lo más sensato es encontrar una lámpara y buscar adentro.

La anciana rió y les dijo:

– Sois muy inteligentes para las cosas pequeñas, ¿cuándo vais a usar esa inteligencia para vuestra vida?”

Muchas veces nos comportamos de manera ilógica sin darnos cuenta, como indica la anciana de esta fábula. Y repetir ese comportamiento una y otra vez nos lleva a un callejón sin salida donde solo nos aguarda la frustración.

Uno de esos comportamientos ilógicos, y probablemente uno de los más extendidos, consiste en buscar la felicidad en el mismo sitio donde la perdimos, como si se tratara de una aguja o un objeto físico. 

¿Por qué buscamos la felicidad donde no la vamos a encontrar?


- Miedo a salir de la zona de confort. La zona de confort es ese espacio en el que nos sentimos relativamente cómodos. No siempre significa que sea un espacio seguro, sino tan solo conocido. Por tanto, la zona de confort nos brinda una falsa sensación de seguridad, porque en realidad solo nos sirve para evitar la incertidumbre puesto que ya sabemos lo que puede pasar en el futuro cercano, aunque sea malo. De hecho, muchas personas se acostumbran a vivir en zonas de confort tóxicas que dañan su salud física y emocional. Aún así, el miedo a la incertidumbre les hace mantenerse dentro de esa zona y, por ende, perpetúan los comportamientos y actitudes negativos.

- Apego a los hábitos. Los hábitos nos brindan seguridad, le dan un orden a nuestro mundo. Por eso nos apegamos a ellos, aunque sean negativos. De hecho, abandonar un mal hábito es tan complicado, como en el caso de fumar, no por la dependencia física que puede generar la nicotina sino por los hábitos que hemos construido en torno al cigarrillo. En las relaciones interpersonales sucede lo mismo, nos apegamos a ellas y las costumbres que las rodean aunque sean negativas. En esos casos, realmente no se trata de amor hacia la persona sino de una dependencia emocionala las rutinas construidas con ella.

- Falta de autocococimiento. Las circunstancias de la vida nos van cambiando, por lo que si no “actualizas" tu "yo” constantemente, de repente un día puedes descubrir que la persona que habita en tu interior es un perfecto desconocido. Para esa nueva persona, tus viejos hábitos, ilusiones y vínculos no son adecuados o han dejado de ser suficientes, pero si no realizas un ejercicio de introspección no lo sabrás, y te quedarás atrapado en un bucle negativo de insatisfacción. 

¿Por qué es casi imposible que halles la felicidad donde la perdiste?


La respuesta es muy sencilla: porque la felicidad ya no está ahí. Y dado que la felicidad es fundamentalmente un estado interior, significa que ya no eres la misma persona y no volverás a sentirte igual de pleno y satisfecho con lo que en el pasado te hacía feliz.

La primera señal suele llegar cuando te das cuenta de que las cosas que antes te motivaban, ya no lo hacen. Hay quienes deciden probar nuevos horizontes en la búsqueda de esas sensaciones que les hacían sentirse vivos y hay quienes se convierten en una especie de hámster que corre sobre la rueda, con la esperanza de que eso le reporte alguna satisfacción en algún momento.

Sin embargo, cuando una relación de pareja se ha deteriorado hasta el punto que ya no queda ilusión, cuando un puesto de trabajo te llena de hastío o cuando un lugar ha dejado de ser fuente de inspiración y descubrimiento; es hora de hacer las maletas y cambiar.

Esto puede estar causado por dos factores: las circunstancias han cambiado tanto que ya no te hacen feliz o tu has cambiado tanto que, aunque las circunstancias son las mismas, no te hacen feliz.

En el primer caso puedes preguntarte si puedes hacer algo para que esas circunstancias vuelvan a ser ideales. Pero debes tener cuidado de no autoengañarte porque cuando las cosas degeneran dejan marcas en nuestro interior y nos cambian, por lo que aunque las circunstancias vuelvan a ser ideales, es probable que para ti ya no lo sean.

Un ejemplo clásico es la infidelidad de la pareja. Para perdonarla y volver a ser felices no basta con que esa persona vuelva a ser fiel, es importante que te asegures que ese desliz no ha dejado una huella demasiado dolorosa que empañe la felicidad.

Por eso, es casi imposible encontrar la felicidad en el mismo sitio donde la perdiste y tendrás que prepararte para explorar nuevos horizontes, tanto dentro de ti como fuera. Después de todo, la felicidad también es búsqueda, asombro, curiosidad y descubrimiento.


sábado, 15 de julio de 2017

¡No dejes para mañana… mejor si lo dejo!: El hábito de procastinar.


La procastinación es una de las enfermedades más comunes y mortales, y su efecto nefasto sobre el éxito y la felicidad es muy grande. Wayne Dyer (Psicólogo)

La procrastinación es tomar la decisión de no hacer algo a pesar de que sabes que a largo plazo será peor. Tim Pychyl (Psicólogo)

Mario, necesita hacer su tesis y piensa y piensa y piensa y busca y busca y busca, pero no sabe ¿qué busca y qué piensa?, después le agarra la culpa por no avanzar y mejor vuelve a dejar todo para mañana.
Luisa, quiere enfrentar a su familia y tener el estatus intelectual logrado con sus compañeros de la escuela, en cuanto a ser reconocida como una mujer emprendedora e inteligente, pero por más que se esfuerza en querer convencer a su familia de la persona que es ahora, siempre pasa algo y no puede platicarlo con ellos porque no ha encontrado el momento adecuado, incluso en lo más interno le miedo hacerlo porque sabe que no le creerán.
Lety, quiere limpiar su armario. Sus zapatos no están acomodados como a ella le gusta, cada vez que se viste y lo abre piensa lo mismo: “voy a limpiar y a acomodar todo”. Han pasado dos años y aún piensa que de un momento a otro podrá hacerlo.
Bety, espera despertar un día y ver todos los quehaceres de su casa ya hechos, casi por arte de magia. Esto no sucede y sigue esperando.
Richard, se siente incómodo con sus camisas, ahora le quedan muy justas y piensa, es tiempo de ponerse a dieta, pero siempre se le atraviesa una fecha importante y un platillo delicioso en su camino. Su mejor solución ha sido hasta el momento, comprarse ropa una talla más grande, pues no baja de peso.
Roberto, necesita entregar su proyecto de trabajo. Muy animoso empieza la búsqueda de su tema en la red, pero escucha una canción de los Beatles y decide que se dará un poco de tiempo no solo para escucharla, sino también para conocer la traducción de la misma. Ve un anuncio de un documental interesante sobre los hoyos negros y al final del día se da cuenta del tiempo perdido y nuevamente su tema principal se le fue de las manos.
A Lupita, sus amigos le dicen “Sindi”, ella pensó que era de cariño, pero se enteró de su sobrenombre una vez que les comentó sus sueños: viajar, poner un negocio, comprar un carro, estudiar idiomas, hacer ejercicio, dejar de fumar, tener una dieta balanceada y debido a no lograr ninguno, el apodo de “Sindi”, es porque entre ellos se comentan: Te pareces a Lupita, la chica “Sindi” Sin dirección en su vida.

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La procrastinación

¿Conoces a alguien así? Lo común en todos estos personajes, incluyéndote amigo lector, es el hábito de dejar para mañana sus actividades, evadirlas, ocultarlas, dejarlas guardadas para otro momento, no enfrentarlas, es decir: postergarlas (procastinarlas), con las consecuencias indeseables y la incomodidad de haberlas dejado pendientes. Hacer esto, produce: culpa, miedo, estrés, malestar, incomodidad, inseguridad, remordimiento, angustia y ansiedad. Al no concluir las tareas propuestas se vuelve a repetir el mismo ciclo (hábito), es como la serpiente que se muerde la cola.

Las consecuencias asociadas a nuestras acciones determinan nuestra conducta futura(Cubeiro, 2014). Tim Pychlyl, uno de los mayores expertos en el tema de la procastinación a nivel mundial dice que: en la actualidad “es el problema más grave en la educación y afecta las calificaciones, la salud mental y física y aumenta el índice de abandono escolar” (Pickles , 2017).

No enfrentar cosas nuevas es una forma de autoprotección para no salir de lo familiar, de la zona de confort.

Esta es la zona metafórica en la que estás cuando te mueves en un entorno que dominas, en ella las cosas te resultan conocidas y cómodas, sean estas agradables o no. Por ejemplo, estar atascado todos los días en el tráfico es estar dentro de tu zona de confort, porque es lo que conoces. Qué tú jefe te machaque en la oficina, es zona de confort, porque es lo que conoces. Qué disfrutes o pelees con tu pareja, es zona de confort, porque es lo que conoces. Tus hábitos, tus rutinas, tus habilidades, tus conocimientos, tus actitudes y tus comportamientos son también parte de tu zona de confort (Gama, 2013).

Busca lo más vital nomas, lo que es necesidad nomas
Y olvídate de la preocupación, tan sólo lo muy esencial
Para vivir sin batallar, y la naturaleza te lo da.
Lo más vital (Del libro de la selva)

No es una conducta que sea exclusiva de algún área del conocimiento, sino de todos los seres humanos sin excepción. Todos tenemos de alguno u otro modo cosas pendientes. Por ejemplo, entre las obras inconclusas del maestro Leonardo Da Vinci se encuentran: El gran caballo y la adoración de los magos. Y, se sabe que su famosa obra la Gioconda, un cuadro realmente pequeño tardo alrededor de cuatro años en terminarla.
Antecedentes

Dejar las cosas pendientes tiene su origen más remoto en la educación recibida por nuestros padres y/o cuidadores. Ese mismo ambiente también produce la confianza de ser curioso y ver la vida no como un obstáculo, sino como una oportunidad de hacer cosas y crecer. ¡Y todos nuestros aprendizajes y los acontecimientos importantes en la vida está mediado por emociones!.

Durante su desarrollo, los niños pueden tener ciertos miedos irracionales o miedos evolutivos, es una etapa de la infancia, como parte del crecimiento y la madurez. El miedo en un niño es parte de crecer, ser racional, imaginativo y anticiparse a las cosas. Hasta cierto punto es normal porque el pequeño va creciendo y adquiere sentimientos y emociones; descubre situaciones, objetos nuevos y prueba comidas desconocidas. Uno de los primeros miedos del niño, es la aberración por verduras o platillos nuevos, pero mediante juegos y presentaciones atractivas se puede mitigar. Otro de los temores típicos, es el de separarse de sus padres. Algunos miedos son infundados inconscientemente por los padres (Martínez, 2014). El mundo de los niños, está inundado de muchos estímulos sensoriales: la Tablet, las actividades en la escuela, los 120 canales de paga, sus juguetes y la cantidad ingente de vídeos disponibles en la red, los hace tener hoy en día más información, y en la paradoja concentrarse menos, tener un lenguaje más limitado, en ocasiones se sienten aburridos y poco creativos.

Los padres nos muestran multitud de conocimientos, pero no nos enseñan a confiar en nosotros mismos, para emprender proyectos a futuro y nos incapacitan para pensar y enfrentar la realidad sin su presencia.


Por otro lado, un adulto promedio recibe alrededor de 3 mil mensajes publicitarios por día (en el transporte colectivo, en las tiendas en la calle, la televisión y las redes sociales, incluso la marca del cereal en casa).

Así pues, en consecuencia la gran cantidad de información nos incapacita a niños y adultos para concentrarnos y dejar para otro momento actividades realmente importantes. Nadie escapa al enfrentamiento con lo nuevo, también los adultos mayores lo padecen cuando tienen enfrente la tecnología de vanguardia, teniendo como solución ignorarla a pesar de los beneficios que pudiera traerles.

El neurocientífico Facundo Manes afirma que el cerebro humano es la estructura más compleja del Universo y…:
Para funcionar bien, necesita desconectarse,
Co­nocerlo es importante porque nos va a ayudar a comprender quiénes somos y a mejorar el aprendizaje,
Le hace bien el ejercicio físico, pues genera nuevas conexiones neuronales (sinaptomas),
La multitarea disminuye su rendimiento cognitivo. Mucha gente se confunde al pensar que haciendo muchas cosas al mismo tiempo va a ser más pro­ductivo, y es al revés. Ese es un mito que hay que erradicar porque el cerebro funciona mejor cuando se hace una cosa por vez.
Cuando “no estamos haciendo nada” el cerebro trabaja muchísimo, y ese tiempo es clave para que procese la información que adquirió cuando estaba atento (Paperblog, 2017).

El biólogo, educador e investigador, Estanislao Bachrach (apoyado por experimentos de neurociencia) afirma que: nuestro cerebro es sumamente flojo. Siempre está tratando de ahorrar energía por si la necesita en alguna emergencia a lo largo del día. Digamos qué ante una situación de emergencia, el cerebro debe utilizar toda su energía disponible para reaccionar, producir adrenalina y tomar buenas decisiones rápidas (Parada, 2013).
¿Qué es un automatismo?

Fundamentalmente es una conducta en donde el cerebro trata de ahorrar la máxima cantidad de energía posible.

Un automatismo motor es una conducta que se hace sin pensar y que viene de nuestro cerebro más antiguo (cerebro reptileano). Los automatismos son aquellas tareas rutinarias automáticas que sabemos de memoria. Mientras más habitual es una conducta terminamos haciéndola de forma más automática. Un hábito es una conducta que se hace con el suficiente automatismo para no pensar solo ejecutarlo como: fumar, manejar o procastinar. Y, cuanto más habitual o rutinaria se vuelve una conducta, menos consciente de ella estamos. De esta manera un hábito se puede convertir fácilmente en un problema como las adicciones o en una virtud como estar al pendiente de tener una alimentación sana.

Los hábitos también están presentes en diversos trastornos o enfermedades mentales como los rituales (no pisar las líneas de la banqueta o lavarse tres veces las manos para evitar una tragedia personal o nacional) en el trastorno obsesivo compulsivo.

Cuando usamos automatismos, en este sistema no gastamos una molécula de energía celular (ATP) y todo esto lo hacemos sin pensar, lo cual es peligrosísimo. El sistema reptileano cuando viene algo nuevo no está contento, por eso tiene una característica muy importante que atenta contra él, se llama neofobia, le tiene miedo a lo nuevo. Cuando viene algo nuevo el cerebro necesita utilizar el neocortex (Rosler, 2016). Esta es una razón de muchas razones por las que procastinamos, si el cerebro es flojo, no le gusta gastar energía porque ello implica pensar.

El neocortex, es la capa evolutivamente más reciente de los seres humanos, la cual gasta mucha energía. Materialmente huimos de las actividades que nos ponen a pensar y nos dejamos llevar por las cosas simples que están completamente digeridas e incluso requieren solo exponerse un momento y ya, ejemplos de ello son: ver la televisión de forma pasiva o estar en un salón de clase sólo como espectador. Pensar, gastar energía y cambiar, “incomoda”, pero sí se puede hacer, sólo que hay que pagar el precio, por lo que muchas veces decidimos mejor procastinar o en el mejor de los casos para un cerebro flojo o ahorrador: ¡es mejor no pensar!. ¡Ahhhh qué flojeraaaa!.

En términos neurológicos, suceden cuatro conductas cuando cambiamos un automatismo: 1) los automatismos se pueden cambiar, 2) no es fácil, porque vamos a equivocarnos y no queremos pasar la curva de aprendizaje 3) al principio es incómodo y 4) sí cambiamos un automatismo, las personas alrededor se van a resistir al cambio, a nuestro cambio (Rosler, 2016). Las cursivas son mías.
El conectoma humano

Un conectoma es un mapa de las conexiones entre todas las neuronas del cerebro. El neurocientífico de Massachusetts Sebastian Seung estima más de 100 mil millones de neuronas que pueden lograr mil millones de conexiones distintas (Seung, 2010; Punset, 2013). Las neuronas de nuestro cerebro están conectadas y se comunican, el ambiente nos influye para aprender y el pensamiento también nos influye para que cambie la forma como se conectan nuestras neuronas. En esta maravillosa influencia que hoy día se conoce cada vez más a través de las neurociencias, necesitamos aprovechar nuestro conectoma para aprender nuevas habilidades o para desarrollar aún más las que ya tenemos.

En la actualidad está claramente comprobado que nuestros pensamientos positivos o negativos no solo cambian la realidad percibida interna o externamente sino también parte del cableado interno en nuestro cerebro. Así, nuestras experiencias pueden cambiar nuestro conectoma. La ingente cantidad de conexiones nos hace personas materialmente únicas y diferentes de otras personas. Seung afirma: “tú eres tu conectoma” (Seung, 2010). No es raro escuchar las frases: “cada cabeza es un mundo o todos pensamos de forma distinta”. ¡Tú cerebro y el mío son diferentes y la forma como aprendes tú y yo es diferente que la mia!.


El truco más importante en el aprendizaje es el hacernos conscientes de nuevas tareas y llevarlas a la práctica. El cambio no es fácil, pero nuestro conectoma puede rehacerse y recodificarse, y en ese cambio de rutas neuronales una vez que se logran se convierte en un hábito de vida.
El conectoma y el sinaptoma

Analizamos el comportamiento del cerebro y su complejidad desde lo más complejo como el conectoma en donde intervienen todas sus neuronas, hasta lo más lineal “sinaptoma”, en donde se analiza la forma en cómo se habla o comunica una neurona con otra para entender la forma como aprendemos o desaprendemos conductas, incluso como nos resistimos al aprendizaje como en el caso de la procastinación.

Así, hay varios niveles de análisis del cerebro: uno macroscópico -por ejemplo, a través de resonancias magnéticas- y otro intermedio -en el que se utiliza un microscopio óptico y se trabaja en micras- que supondrían mapas de conexiones que quedarían definidos bajo el término conectoma. Pero todavía hay un tercero más complejo, que es el mapa a nivel ultraestructural de las conexiones sinápticas de las neuronas, que sería lo que se conoce como sinaptoma (Fita, 2013).


Miedo a lo nuevo

La vida diaria nos lleva a ahorrar energía en todos los sentidos, cuando regresamos a la casa de la escuela o el trabajo lo haremos por las rutas conocidas y difícilmente experimentaremos de forma voluntaria por nuevas. Lo haremos seguramente si nuestro camino habitual se encuentra bloqueado. Pero esto, no sucede solamente en ese ambiente, también nos pasa cuando se trata de explorar cualquier forma de conducta, algunos les podrá producir una leve molestia y a otros un gran sacrificio. Imaginemos cambiar un poco o radicalmente: la forma de vestir, comer, relacionarnos con amigos o familiares, en los hábitos de estudio, aprender un idioma, dejar una conducta destructiva (relaciones de pareja, adicciones, hábitos alimenticios, despilfarrar dinero), en las compras del super, en la forma de educar a los hijos, en nuestro estilo de escribir o redactar, en hacer ejercicio, en descansar y muchos más. Si nos diéramos a la tarea de experimentar cambios en todas estas áreas sería un gasto descomunal de energía para nuestro cerebro, y un caos para nosotros.

Nos cuesta trabajo cambiar y romper con las rutas ya conocidas porque implica un gasto adicional de energía.

El miedo ligero o extremo por lo nuevo, se conoce como “neofobia” (palabra derivada del griego néos (nuevo) y fobos (miedo) es el miedo o fobia incontrolable e injustificado conscientemente hacia cosas o experiencias nuevas. Se puede manifestar como la falta de voluntad de probar cosas nuevas o romper con la rutina (Wikipedia, 2016).
¿Cómo se forma un hábito?

Un hábito es una acción que se repite y en la conducta puede haber acciones que nos ayudan a crecer (aprender cosas nuevas) y otras que no (por ejemplo, procastinar) y nuestros hábitos modifican la estructura y función cerebral.

Existen hábitos en los que no invertimos mucho tiempo, sin embargo, otros parecen requerir mucho tiempo y energía. Y, ellos están mediados por el ambiente y nuestro mundo interno. Vamos filtrando los hábitos de fácil acceso y sobretodo menos costosos en términos de energía, para integrarlos a nuestra vida cotidiana. La socialización temprana con los padres, al formar rutinas diarias (hacer la tarea, lavarse las manos, los dientes y consumir comida poco nutritiva), nos ayudan a incorporarlos a nuestras vidas en lo bueno y en lo malo. Si nuestros padres leen y nos leyeron, el modelo nos influye en el gusto por la lectura. Lo mismo sucede si estamos expuestos en el modelo de nuestros padres al consumo del alcohol o incluso a no tener obligaciones en casa.

Hay que entrenar la mente de la misma forma que hemos aprendido a entrenar el cuerpo.Resulta que, contrariamente a lo que nos han dicho durante siglos, podemos aprender y desaprender, porque el cerebro es plástico, es decir, es un órgano maleable (Punset, 2014).

A pesar de que los hábitos constituyen una parte importante en nuestra vida, averiguar como el cerebro convierte una conducta en rutina ha entrañado una enorme dificultad. Las nuevas técnicas están permitiendo descifrar por fin los mecanismos neurales que se hayan en la base de nuestros rituales. Se han identificado así los llamados circuitos de hábitos, esto es, las regiones cerebrales y las conexiones responsables de crear y mantener las rutinas. El conocimiento aportado por esta línea de investigación está ayudando a comprender como construye el cerebro buenos hábitos y por qué nos cuesta abandonar no solo los de menor importancia, sino también los que el médico o las personas queridas nos piden que interrumpamos (Graybiel & Smith, 2014).


Desde el punto de vista de la Psicobiología, a medida que una acción se repite y se convierte en un hábito se modifican ciertos circuitos cerebrales, como han probado Bernard Balleine (Universidad de Sydney) y Simon Killcross (Universidad de Nueva Gales del Sur). Los circuitos conectan el neocórtex con el estriado, el centro de los ganglios basales (centro de nuestro cerebro). Cuando las conductas se “empaquetan”, las células del estriado se limitan a comprobar el principio y el final de la rutina.

Aprender una nueva conducta (hábito) le lleva al cerebro realizar tres pasos:
Exploramos una conducta (tarea que inicia en la corteza prefrontal, lugar de nuestros pensamientos más brillantes, sí produce una respuesta placentera, tendrá más posibilidades de instalarse).
La aprendemos repitiéndola (se fortalece la señal con la parte motora llamada corteza sensitivo motora y se forma una rutina cuando se repite) y,
La grabamos en el cerebro como una unidad de conducta y es supervisada por la corteza infralímbica para garantizar su funcionamiento (Cubeiro, 2014).

En palabras simples fijar un nuevo hábito implica muchos circuitos cerebrales y una secuencia o bucle de retroalimentación entre ellos, se crea una unidad de memoria o recodificación de la conducta (chunkig), pero si no somos capaces de emocionar la cerebro (neocortex) no se establece la comunicación con la zona para actuar de manera automática o analítica para decidir si se lleva a cabo la acción situada en los ganglios basales. Y, si además de emocionarnos, nos genera placer esa conducta terminamos repitiéndola en lo bueno o en lo malo.

Aprender un nuevo hábito tiene relación también con la forma en cómo percibimos la realidad. Es la forma de relacionarnos con nuestro entorno, de descubrir lo que sucede fuera de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro como lo señala el psicólogo Philip Zimbardo (2012). La tarea primordial de nuestro sistema visual es obtener información precisa sobre el mundo que nos rodea y no solo de las imágenes de nuestra retina, para sentir, percibir y comprender nuestro mundo utilizamos dos procesos muy diferentes:
Primero nuestros receptores sensoriales, detectan la estimilación externa, y envían esta información bruta al cerebro para su análisis, a esto le llamamos “procesamiento de abajo a arriba”.
Segundo, entonces entra en escena el “procesamiento de arriba abajo”, añade lo que ya sabemos sobre dicha estimulación, lo que recordamos del contexto en el que normalmente aparece y cómo lo etiquetamos y clasificamos de esta forma damos significado a nuestras percepciones.

Una vez que has aprendido algo, aunque sea sin darte cuenta, cuesta mucho desaprenderlo, porque ya has creado un camino físico, químico, y eléctrico en tu cerebro. ¡Por eso nos cuesta tanto cambiar!. Para aprender y desaprender hábitos mentales y físicos, hay que entrenar el cerebro con paciencia y constancia … Sólo puedes cambiar aquello que comprendes (Punset, 2014).

Cuando procastinamos, buscamos lo fácil y divertido y huimos de lo difícil y menos placentero. Tim Pychlyl, señala que: estamos tratando de mejorar nuestro estado de ánimo evitando hacer algo que nos parece desagradable (Pickles , 2017), lo logramos a corto plazo, pero eso mismo, a largo plazo nos complica la vida.

El cerebro de un procastinador buscar gratificaciones sencillas, inmediatas, más emocionales y vive en el presente. El cerebro de un no procastinador es planeador y busca gratificaciones postergadas, más racionales y vive en el futuro.

Tim Pychlyl, psicólogo de la Universidad de Carleton en Canadá, señala que La procrastinación es más común entre la gente más impulsiva, propensa al perfeccionismo, abrumada por las expectativas que tienen los otros de ella y temerosa del fracaso (Pickles , 2017).

Por otro lado, Tim Urban (2016) distingue dos tipos de procastinadores: 1) los que tienen plazos para entregar un trabajo, y 2) los que no tienen plazos para entregarlo. La procastinación a largo plazo les hace sentir que son espectadores de su propia vida. La frustración no viene de no poder alcanzar sus propios sueños, sino del hecho de no poder siquiera empezar a perseguirlos (Urban, 2016).
Reflexión final

La Psicobiología nos enseña que para crear un hábito necesitamos hacer consciente la conducta que queremos instalar y tener interés en querer aprenderlo. Hacer que el cerebro analice el nuevo hábito mostrándole caminos mediante un modelo que lo haga ver fácil de llevarse a cabo. Esto deberá tomar en cuenta la personalidad y las capacidades del aprendiz, así como las acciones que puedan motivarle. Mostrar el nuevo hábito de forma motivante e interesantepuede crear en el aprendiz, rutas neuronales que le resulten atractivas y que le lleven a la acción. Después repetir y repetir la rutina hasta que se haga automática. Y, finalmente la supervisión propia del aprendiz, en su autoaprendizaje para reafirmar y recodificar la conducta, así como la supervisión y el acompañamiento del modelo que enseño el hábito, puede ofrecer mayores posibilidades de que la nueva conducta se haya aprendido. ¡Es difícil, pero no imposible!.
Recomendaciones
Practicar técnicas de meditación para aquietar a nuestro mono inquieto que todos llevamos dentro.
Saca de la zona de confort a tu cerebro: Realiza pequeñas grandes acciones para acostumbrarlo al cambio: colocar tu bote de basura en otro lugar distinto al habitual, regresar por una ruta diferente a casa, comer más saludablemente para nutrir mejor tu cerebro, colocarte el reloj en la otra muñeca. El punto es … ejercitar tu cerebro y sacarlo del automatismo y ayudarle a salir del miedo a lo nuevo.
Concentrarse en las metas a lograr y darse como premio las actividades que nos distraen, por ejemplo quienes invierten mucho tiempo en las redes sociales, pueden primero avanzar con sus objetivos del nuevo hábito por aprender y darse como premio navegar sin rumbo en las redes sociales, pero primero lo primero. Eso sí, con horarios para trabajar y distraerse.
Dividir en pequeñas metas el objetivo global que se quiere alcanzar y trabajar en ello constantemente.
Coloca frente a ti, pequeños mensajes motivacionales incluyendo el objetivo a lograr en el día a día.
Organiza tu ambiente: si tu entorno está hecho un caos, es más fácil que tu cerebro se distraiga con cualquier elemento distractor y como no lo ordenamos, no podremos crear un orden, un cosmos para ir resolviendo las cosas de una por una.
Visualiza el objetivo a lograr e imagina lo más detalladamente posible ¿cómo será el día que lo logres y cómo te sentirás al lograrlo?.
Dividir las metas muy grandes en pequeñas: Si vas a escribir el mejor libro de tu vida, no empezará con sentarte transcribiendo grandes y voluminosas ideas, sino pequeños párrafos creadores de hojas y capítulos con un contenido realmente interesante. Divide las metas
Es importante empezar a mover las cosas que hoy día tienes estancadas, pero quizá hoy no, puedes empezar mejor mañana (sarcasmo).

Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio, tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño.
Mark Twain (Escritor, orador y humorista)

jueves, 13 de julio de 2017

Tecnología y humanidad ¿qué tanto avanzamos?



Según la psicóloga Mary Aiken, el ciberespacio hoy es un 'mundo hiperconectado' en el cual las emociones y percepciones se transforman

ÚN/PrensaLatina.- Con todas las posibilidades que ofrece hoy en Internet, la red de redes es un mundo paralelo en el cual las personas encuentran nuevas oportunidades y un descanso de la realidad.
Compras, empleo, entretenimiento e información son varias de las cosas que se hacen online, pero al adentrarse en el ciberespacio, uno no siempre es consciente de que arribó a un universo virtual donde el tiempo transcurre de forma diferente.
Además, en las redes sociales, foros o comunidades virtuales las personas piensan y se comportan de manera muy distinta a como lo hacen en la sociedad real.
Según la psicóloga Mary Aiken, el ciberespacio hoy es un ‘mundo hiperconectado’ en el cual las emociones y percepciones se transforman.
La especialista, en su libro The Cyber Effect, publicado en 2016, advirtió que ‘la tecnología se ha infiltrado en cada uno de los aspectos de nuestra vida y esta no siempre es sinónimo de progreso’.
‘Muchos no se dan cuenta. Están sentados en el sofá de su casa y cuando se conectan nada cambia. En su mente no fueron a ningún lugar, pero las condiciones son diferentes a las de la vida real. Por eso nuestros instintos nos fallan en el ciberespacio’, resaltó.
Según expertos, algunos de los efectos de la conectividad a internet en un individuo son: desinhibición online, anonimato, invisibilidad y, imaginación disociativa y distorsión del tiempo.
El primero es la sensación de ‘poder ser quien quiera ser’ y provoca que la gente haga y diga cosas en el mundo cibernético a las cuales no se atreve en el mudo real.
El segundo efecto ocurre porque la mayoría de las personas en internet intercambian con un ‘nombre de usuario’, por lo cual se logra separar las acciones de la sociedad y de la identidad real.
Este ‘anonimato’ hace que las personas se sientan menos vulnerables a la hora de interactuar con otros, encontrar amigos e incluso el amor.
La invisibilidad también amplifica el efecto desinhibidor de Internet, pues estando en casa detrás de una pantalla los internautas no se deben preocupar por su apariencia, el sonido de su voz, o sus limitaciones físicas.
Gracias a eso las personas encuentran a otros con más ideas y problemas afines, superando las barreras geográficas, culturales e idiomáticas.
Dicha invisibilidad, que elimina el contacto visual o el lenguaje corporal como sí sucede en la realidad, repercute en la ‘cibersocialización’, un fenómeno acelerado de interacción humana fomentado por las redes sociales y la hiperconectividad.
Estar protegidos por un usuario y una contraseña también provoca que minimicemos la autoridad, temiendo menos las consecuencias legales o las implicaciones éticas de nuestros actos.
Por otra parte, muchas personas conciben su vida en la red como solo un juego, con reglas y normas que no se aplican en su vida diaria, disociando los actos online de los hechos offline.
Además, es preciso mencionar la alteración del tiempo que experimentan los internautas al bucear por las redes sociales, leer artículos digitales, consumir contenidos en vídeo o chatear.
Realmente uno no es consciente de cuantas horas pasa haciendo esas cosas, al punto que hoy existen casos de adicción a la tecnología y ansiedad por la cibersocialización.
Existe la postura científica de que las nuevas tecnologías alteran a tal punto las relaciones humanas que hoy las personas están teniendo menos sexo en todo el mundo.
Si bien es cierto que actualmente vivimos en una época bastante liberal en lo que a sexo se refiere, muchos investigadores sugieren que tenemos menos relaciones que hace varias décadas.
La aparición de la píldora anticonceptiva en 1960, la revolución sexual de los 70 y el auge de Internet desde el 2000 ayudaron a que hoy aumente la aceptación respecto a conductas antes reprendidas.
Hoy se ve como algo normal el sexo prematrimonial, el divorcio, se tolera la homosexualidad e incluso prácticas más controvertidas, como el poliamor (relaciones entre más de dos personas) o el intercambio de parejas.
Aún así, un artículo de la revista académica de sexología Archives of Sexual Behavior publicó que, de media, los estadounidenses practicaban sexo nueve veces menos a principios de la década de 2010 que a finales de la de 1990.
Según la investigación, pasaron de tener un promedio de 62 relaciones sexuales por año a 53, lo que supuso un descenso del 15 por ciento en apenas un decenio.
En el Reino Unido, la Encuesta Nacional de Actitudes Sexuales y Estilos de vida del 2013 develó que los británicos de entre 16 y los 44 años practican sexo menos de cinco veces al mes.
Mientras, en Japón, estudios recientes revelaron que el 46 por ciento de las mujeres y el 25 por ciento de los hombres con edades comprendidas entre 16 y 25 años ‘desprecian’ el contacto sexual.
La mayoría de investigadores coincide en que son los jóvenes los que más sufren la caída de la actividad sexual.
Otro estudio, por ejemplo, develó que los millennials (nacidos entre los años 1980 y 2000) tienen menos encuentros sexuales que los jóvenes de la Generación X (1960-1984) y los del Baby Boom (1946-1965).
¿Qué cambió? ¿Tendrán Internet y las redes sociales la culpa? ¿Influirá el acceso a la pornografía en esta situación? Fueron las preguntas de científicos por todo el mundo.
Pero las respuestas son más evidentes de lo que podríamos pensar y si bien la tecnología tiene un impacto considerable en nuestra vida sexual, no es la única culpable de la reducción de la actividad.
En esto influyen más el stress laboral, la fatiga, la salud mental y el bienestar del propio organismo.
Las sociedades de hoy padecen una epidemia de enfermedades mentales en las últimas décadas, con especial influjo de las depresiones y los desórdenes de ansiedad.
Además, la fatiga y el estrés provocados por la actividad laboral también influyen en la caída de la actividad sexual.
De igual forma, trastornos metabólicos como la diabetes, hacen que la persona se sienta cansada y pierda el deseo de tener relaciones.
En conclusión, la respuesta a todas las interrogantes relacionadas con el sexo, no están en otro lugar que en el interior de quienes lo practican, es decir: en su bienestar físico y mental.

Fuente: ultimasnoticias.com.ve